"JOVEN SE AHORCA EN HABITACIÓN DE HOTEL."
Ana lo leía una y otra vez. No parpadeaba. No reaccionaba. Como si esperara que las palabras se diluyeran, como si deseara que dejaran de tener peso. Pero ahí estaban.
Pasaron segundos, o minutos. No lo sabía.
Finalmente, se levantó. Caminó lentamente hacia su cama, como si el cuerpo respondiera a una rutina que ya no entendía. Se dejó caer sobre las sábanas con una torpeza silenciosa, su cuerpo yacía extendido sobre la cama como una pregunta sin respuesta yace en nuestra mente, con el brazo derecho colgando lánguidamente por el borde. El silencio se volvió espeso. Denso. Estático.
Pero Ana no podía quedarse allí. Algo se removía dentro de ella. Se incorporó y fue hacia su tocador. Encendió sus luces, la luz apenas alumbraba esa parte de la habitación, revelando un gran espejo frente a ella, decorado con postales, fotos, stickers y frases. Ana escaneó las fotos hasta encontrar la que buscaba, en ella Sara y ella sonreían. Abrazadas. Vestidas de negro. Iluminadas por un sol que ahora parecía ajeno. Abrió un cajón mientras sostenía la foto, algo rodó en el interior. El sonido de plástico contra madera interrumpió el momento como un susurro siniestro. Una botella transparente de pastillas emergió, detenida justo en el borde. Como si hubiera estado esperándola.
Ana la tomó. La observó. No con pánico, sino con esa extraña serenidad que tiene quien ya ha visualizado su final demasiadas veces.
Y entonces, como una grieta en la quietud, llegó la voz:
"Hola."
Ana se giró bruscamente. La habitación súbitamente llena de luz y claridad, como si fuera muy temprano en la mañana. "¿Por qué de repente está tan claro?" fue una pregunta que repentinamente invadió sus pensamientos.
Entonces lo vio. No un hombre—solo un chico. Joven. Tranquilo. Demasiado tranquilo. Se apoyaba contra el marco con los brazos entrelazados, como si hubiera estado allí un buen rato, esperando el momento adecuado para hablar. Vestía de negro. Ana y Sara amaban vestir de negro.
Su sonrisa era suave. Demasiado suave.
"¿Quién eres?" preguntó Ana.
Su voz se quebró por el agotamiento de sus pensamientos. Por alguna razón no gritó, no se asustó, no se sorprendió. Había algo en él que no provocaba pánico—solo una extraña sensación de que algo no encajaba.